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ITALIAN - COLOMBIAN NETWORK
Organo Ufficiale della Associazione Italiani in Colombia - AICO
(P.G. Nro 375 Risoluzione 17 Giugno 2003)

     

     

¿Alcanzar el Caribe o la fabula contemporanea
de imaginarlo?


     
Palabras sueltas que no conducen a ningún destino
 
 
Region Caribe
Suponer inocentemente que una serie de palabras, casi todas desde un horizonte emocional, pueden encontrarle un significado, un sentido o una noción al Caribe, es la primera de las pruebas que debemos superar cuando entramos de lleno a contextualizarlo.
El baile, la música, la alegría, la gente, la costa, el trópico, las risas, los sonidos, los negros, el turismo, la geografía, la cultura, la brisa, las palmeras, el mar, el puerto, la explotación, la diversidad, las heridas, los colores, el comercio, la exuberancia, la libertad, la calidez, lo salvaje, lo exótico, la fusión, el sueño y la pobreza, son siempre las primarias formas de acercamiento, salvables solo desde su intención aglutinadora y orientadora.
Adentrarse con pantalones de explorador en la vastedad experiencial del Caribe, tocando los filones de su historia, acariciando lenta y apaciblemente su geografía, rozando las huellas raizales, amplificando los modelos de producción y dominación, figurando calculadamente su diversidad cultural y puliendo la multiplicidad lingüística, pone de manifiesto, a ritmo de tambores, la fragilidad de asociar al Caribe con palabras inconexas y fugaces, apropiadas tal vez para componer un bolero, pero de ningún modo para completar y analizar una región.
Es a partir del conocimiento exacto de la historia, la geografía, la política, la economía, la cultura, la religión, la lengua y la raza, articulada cada una de ellas con el trasfondo global, como ligeramente cabe definir la totalidad del Caribe, esa conjunción natural de trozos formados con piedra y arena sobre la superficie no siempre placida de un mar extraño, capaz de amancebarse cómplicemente y también de encabritarse con torpeza sobre aquellos que aventureramente lo navegan.
El paso fronterizo de la imaginación a la realidad
Alcanzar el Caribe como la figuración imaginaria que puede dársele a algo que emerge de lo desconocido y empieza a cobrar una forma insustanciada, romántica e idealizada, ajena de una materialización conceptual de sus realidades, muchas de ellas extremadamente dolorosas, se distancia forzosamente de una seria intencionalidad. No es igual a alcanzar el Caribe con plena conciencia de la bisagra intercontinental que su espacio trasnacional abre en el panorama mundial.
Las fronteras del Caribe, digámoslo de una buena vez, son tan reales como su miseria, como el saqueo constrictor de posibilidades que tuvo origen cinco siglos atrás y aun no termina, como la dependencia en forma de adicción que sus gobiernos consumen y como la tristeza del payaso que canta y baila cada vez que el espectador paga por su presentación, llorando luego en solitario su amargo desarraigo. El Caribe existe más allá de las canciones, de la novelada felicidad de los turistas, de la cinematográfica secuencia de escenas postales, de la insoportable levedad de ser lo que nunca se ha sido.
Las fronteras no se cruzan imaginariamente, el movimiento fronterizo que irriga el territorio y lo hibridiza, se alcanza cuando se tocan los cuerpos del pasado y del presente, y se participa de la escanciada vitalidad que la muerte olfatea cercana en cada rincón de cada isla y de cada espacio continental que se nombra y se llama como uno solo.
Para entender el Caribe no solo basta con imaginarlo, no se llega con sentirlo de pasada. La hegemónica mirada que el imperio ha dejado, nos conduce a la ramplona consideración de objetivarlo como un lugar extendido desde el pasado en alguna etapa intermedia que hace transito sin tiempo hacia la modernidad. Vago sentimiento repleto de infidelidades emocionales que un día nos lleva a contemplar su exótica tropicalidad desde la alineada asoleadora de un resort, y el otro, a lagrimear como doncella en flor, las noticias de su inclemente destrucción natural y humana.
El Caribe se abre como propósito sustancial dirigido a encontrar una realidad natural incuestionable, la posibilidad de “imaginárnoslo” sobre la base de ideas concretas, de hechos reales y de postulados propios, construidos a partir del conocimiento y a partir del entendimiento de las razones que le forman y le dan lugar culturalmente, incluyendo dentro de esta categorización, la formulación histórica, geográfica, económica, política, religiosa y productiva.
Esta idea del Caribe en construcción, es tal vez lo más cercano que se haya podido estar de un encuentro en la experiencia cautelosa que significa alcanzarlo.
 
De territorio en medio de la nada a región globalizada
 
Debe ser lo primero el señalamiento del surgimiento del Caribe. Antes de la aparición en el horizonte de un nuevo continente al cual todavía no se le había dado nombre ni forma por quienes ambiciosamente lo buscaban, ahí en medio de la nada, sin prevenir ni presentir lo que de ese contacto y primer encuentro habría de darse, un territorio ya existía, una población nacía y moría. La amenaza y el miedo eran causa de la naturaleza, salvo en aquellas ocasiones en que les daba por hacerse la guerra, pero a fin de cuentas, con unos códigos de antemano establecidos y conocidos.
Vino entonces el desembarco, la tragedia, la explotación y la impotencia. En una sola inmersión que al tiempo fueron muchas, como si de chapuzones en el océano se tratara y el agua fresca absorbiera, inundara, contagiara y revolviera, el Caribe descubierto volvió a construirse sobre lo destruido. Una constante que el destino ya le había escrito. La perspectiva histórica nos posibilita reconstruir el hábitat precolombino, el paso furtivo de las tribus migrantes desde las islas del archipiélago hasta más adentro del continente y viceversa, nos presta oídos para escuchar junto con el sonido del viento los ruidos claros del día en que un continente viejo y urgido, violentaba la frágil resistencia de una región que no estaba preparada para el abuso.
Después de la primera, más fáciles pero no menos dolorosas continuaron siendo cada una de las veces que el invasor dispuso de su fuerza para tomar lo que a bien tuviera. El rostro de la tierra mancillada fue siempre el mismo, mientras que las manos atenazadoras del agresor fueron variando y regresando hasta engendrar una compleja membrana que daría lugar a una región única y proyectada para su incorporación en la economía mundial. (1)
 
Un accidente convertido en modelo productivo
 
Cartagena de Indias
El Caribe hoy podemos señalarlo teniendo claro que es un conjunto de países insulares al que también se asocian algunos continentales, no necesariamente bañados por el mar que los convoca. El mismo mar, por cierto, con el cual se guardan estrechas vinculaciones tanto de amores como de odios. Heridas abiertas todavía, nos dan cuenta del trato despreciativo con que los compatriotas andinos suprimieron por décadas el acceso físico y mental a sus orillas.
El Caribe de hoy tiene una extensión amplia que nos conduce como si fuera una serpiente por los vericuetos de las tres Américas, desde el Brasil hasta los estados unidos. Esta perspectiva más que geográfica, la hacemos perceptible cuando seguimos los ritmos y sonidos que salen de diferentes lugares como si fueran uno mismo, en la ritualidad, en la forma, en el lenguaje, en los gestos, en el comportamiento lleno de significados y significantes comunes dentro del mismo Caribe.
Para asimilar esa accidentalidad de escenarios y ambientes que antes fueron distintos y ahora diversos, es necesario recurrir en este proceso de comprensión a la idea de que el Caribe no estaba en los planes de quienes lo descubrieron. El Caribe surge como un accidente en el nuevo mundo acabado de descubrir. Accidente que comienza también marcado por una falsa interpretación de la identidad de sus pobladores y con un desconocimiento total de lo que el hábitat representaba.
Este territorio hallado, es el primer punto de contacto entre el viejo occidente europeo y lo que a partir de ese momento empieza a llamarse el nuevo mundo. En este nuevo mundo será el Caribe la bisagra poderosa, determinante en el transito comercial intercontinental, dando así paso a una primera globalización construida para negociar los recursos de la tierra nueva, la trata de personas y la producción exportable.
Todas estas actividades que abrieron un mercado y un desarrollo comercial, van a dar lugar a la “economía mundo” en la órbita del Caribe (2). Una economía basada en la autonómica identidad productiva que fue llamada la “Plantación”, La gran máquina controladora de la vida y la muerte, la fortaleza trágica del Caribe. Estas plantaciones que se convirtieron en espacios reproductores a escala del colonialismo y del imperio, marcaron como un hierro hirviente sobre la piel del Caribe la naturaleza sincrética que acabaría dándole forma e identidad.
Parque Tayrona de Santa Marta
La Plantación fue sistema de administración, de gobierno, de convivencia, de formación cultural, de dependencia. Fue en síntesis, espejo vibrante, refractivo y modelador del Caribe. Su huella hoy se hace latente a través de la actividad productora de la gran mayoría de países que conforman la región, quienes todavía continúan produciendo para exportar, tal como cientos de años atrás lo enseño el sistema plantacional.
El modelo productivo de las plantaciones fue el eje conductor del Caribe, tanto, que desde los inicios de su constitución e integralidad como territorio, le entregó potestades articuladoras y orientadoras. Todas las posibles conformaciones del significante social que acabó siendo el Caribe en el devenir de casi cinco siglos, aparecieron convenidos desde el interior de las Plantaciones, figura simbolizada y realizada como institución protectora de los intereses y lucros imperiales, conectada desde sus entrañas con el fluir sanguíneo de negros, indios, mestizos, mulatos, criollos y forasteros venidos de distintos rincones, modelando un cuerpo social de cuya simbiótica relación emergió invisible y potente el espíritu del Caribe.
 
Una población creada para el Caribe
 
Se debe también señalar como un hecho caracterizador del Caribe, la población que sobre él se fue constituyendo. El exterminio casi total de los indígenas, rendidos muchos por el esfuerzo y el cansancio de interminables jornadas de trabajo que rápidamente agotaron sus frágiles facultades físicas, y masacrados los otros por la fuerza desigual de las balas y las espadas, dio inicio a la presencia del negro africano en el Caribe, que significó una de las determinantes más importantes no solo en la historia de dicha región sino también de la humanidad en general.
Fue la diáspora negra (3) una pieza fundamental en la consolidación del imperio y consecuentemente en la fundición del territorio con la raza. Indios exterminados, negros determinantes y posteriormente las bandadas migratorias de españoles, ingleses, holandeses y franceses, le dieron una noción poblacional definitiva al Caribe.
 
Unidad en la diversidad para construir la identidad
 
Puerto de Barranquilla
Es necesario también sembrar una hipótesis esencialmente aplicable en desarrollo de la contemporaneidad. La construcción de una integración Caribe es posible solo dentro de la aceptación de su diversidad, de tal manera que al asumirla se puede amasar una unidad que derive finalmente en la identidad formal. El Caribe no tiene una raíz única, porque no es solo africana, ni solo indígena, ni solo hispana o inglesa o francesa. Es una suma de todas ellas, por tanto, debe reconsiderarse atendiendo las motivaciones históricas que le han permitido formarse y adaptarse como región, habiendo sobrevivido en el intento.
La región del Caribe se sostiene aun bajo la eterna dependencia que sus distintos dominadores han legado, pero es innegable la excepcional oportunidad que nos brinda para entender como una heterogénea y disgregada sociedad como la que en ella habita, marcada por la contradicción que se genera al observar la confortable condición de una elite corrupta e influida por el narcotráfico, cuando no por las migajas que las multinacionales y los organismos internacionales con ella negocian, y la de aquellos vencidos por el tiempo tanto como por las oportunidades, ha logrado la supervivencia y más aun, fortalecido raíces nuevas pletóricas de multiculturalidad.
Sumidos en una distorsionada convivencia, se opta por proyectar un engañoso bienestar que ha contribuido a hacer cada vez más ajena la identidad del Caribe. Dadas las dimensiones de la transformación que sobre la región Caribe se pueden mostrar, y en las cuales es apenas obvio que se comprenda la importancia de encontrar soluciones eficaces para aspectos tan protuberantes como la desigualdad social, la exclusión económica, el narcotráfico, la dependencia a los organismos de asistencia internacional y a los gobiernos extranjeros, la actividad monocultivadora y la sustitución de cultivos, etc., es fundamentalmente necesario interrogarnos sobre las repercusiones que puedan llegar a amenazar aun más la pretendida identidad.
Cabo de la Vela (Guajira)
La condición de inequidad y marginación social que marca la situación presente del Caribe, analizada, descrita y multireferenciada desde distintos ámbitos de discusión, estudio y reflexión, ha dejado en evidencia que la única alternativa de unión en medio del antagónico escenario, solo es dable desde la perspectiva plena de construir territorialidad cultural(4).
La región Caribe vive una etapa de cambios que no acaban de concretarse. La respuesta afirmativa para la definición de una identidad regional solo es posible entonces asumirla con la aspiración de que sea desarrollada a través de una iniciativa que no rechace ni margine la pertenencia territorial. Tal vez de esta manera sea viable suspender el avance que ha conducido al Caribe a ser un reducto urbano huérfano de expectativas, marginado, acosado y habitualmente abandonado.
Es su aceptación como territorio cultural, el círculo formador del Caribe en su irrenunciable aspiración identificatoria. He aquí el esfuerzo que se abre propositivamente para quienes habitándolo más allá de lo imaginado, deseamos empezarlo a concretar. Lenta y giratoriamente como a un pequeño tornillo que el paso del tiempo ha aflojado, tenemos que ir apretando hasta agarrarlo con firmeza, sin temor de que en las manos se nos suelte.
Juan Carlos Gossain
 

Pie de Paginas!

 
(1).- se hace referencia al acercamiento de economías y culturas alrededor del mundo, que figuran una relación de dependencia global. Immanuel Wallerstein al utilizar por primera vez el concepto de “sistemas mundo”, como un sistema euro céntrico de dominación regional, predefinió la llegada de un sistema más amplio y totalizante, el modelo global o comúnmente llamado Globalización. Es particular la observación que podemos hacer del Caribe en su perspectiva de participación mundial. Primero fue su caracterización como colonia de varios imperios, luego su inclusión en el “sistema mundo”, y ahora, su integración no totalmente consensuada en el ámbito global.
(2).- la economía mundo permite entender el Caribe en su significado mundial, es decir, la preponderancia que fue asumida por los imperios para crear y mantener intereses dentro de esta región.
(3).- El tráfico de negros hacia América se ha precisado a partir de una cifra que arranca en los diez millones aproximadamente y continúa sin establecerse su totalidad.
(4).- “El concepto de territorio no es un concepto simple, no sólo por su importancia en la vida cotidiana de los seres humanos, sino por la multiplicidad de usos y significados que le hemos conferido a raíz de su reconocimiento como uno de los conceptos básicos de la vida humana(….). En otras palabras, el territorio no es tan sólo nuestra ubicación espacial, es también nuestro referente de ubicación social y, por tanto, el referente para nuestro comportamiento en la relación con los demás, en cada instante de nuestra vida. Por ello, la territorialidad es un despliegue permanente de múltiples escalas, que se pueden ver como anillos a partir de uno mismo: hay una territorialidad inmediata que es nuestro cuerpo; un segundo nivel se define por las relaciones íntimas con nuestros allegados más cercanos a quienes, por lo general llamamos familia; un tercer nivel se define como la comunidad, esa unidad mínima con la que compartimos un universo de significados; un cuarto nivel consiste en la unidad mayor en la que se articulan las pequeñas comunidades locales que forman una sociedad; y así continúan los circuitos de articulaciones en forma sucesiva”. Gerardo Ardilla, Profesor del Departamento de Antropología y director del Programa de Ecología Histórica, del Centro de Estudios Sociales –CES--, de la Universidad Nacional de Colombia.- Conferencia sobre cultura y desarrollo territorial, junio 29 de 2006.
 
 

 
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